Seguramente en algún momento te han explicado que las mujeres científicas han estado presentes en nuestra historia, pero que han tenido que esconderse detrás de un equipo de hombres o bajo un seudónimo. Ahora imagina que te digo que para la investigación también han sido invisibles.
Se creía que estudiando al hombre como centro de investigación se podían deducir los mismos efectos en las mujeres porque éstas era sencillamente una versión femenina, una versión no-hombre.
Bernadine Healy alertó de la mala atención que recibían las mujeres con problemas cardiovasculares debido a que no existía una diferencia entre la atención de los hombres y las mujeres en los estudios. En la década de los 80 los programas de investigación cardíaca, por ejemplo, sólo se habían realizado con hombres porque se suponía que estos resultados se podían aplicar automáticamente a las mujeres. Es decir, no se estudió los efectos secundarios de ciertos medicamentos, o si los efectos de tabaco en las mujeres eran los mismos que en los hombres, o si las consecuencias después de sufrir un infarto de miocardio eran mayores o menores en hombres y mujeres, etc.
Otro ejemplo muy impactante de esto es la incorporación de la terapia hormonal sustitutiva (THS) a todas las mujeres durante la menopausia. La THS es la administración de hormonas para contrarrestar la bajada estrogénica típica de la etapa de la menopausia. Para determinar los efectos se analizaron ensayos de 3 o 4 meses de evolución y sólo se tuvo en cuenta la mejora en la calidad de vida, la sequedad vaginal y los sofocos, pero no se contempló los efectos a largo plazo de la medicación ni los efectos en la salud cardiovascular o en la posibilidad de desarrollar cáncer.
En 1991 se revisó la evidencia científica para descubrir que existían diferencias en las manifestaciones clínicas de enfermedades cardíacas, autoinmunes, endocrinas, respiratorias y en alteraciones de salud mental. Estas diferencias se deben a la propia biología, a la presión social junto con los estereotipos de género y las condiciones medioambientales que actúan sobre la salud.
Es decir, hace unos 30 años que empieza a tenerse en cuenta el sesgo de género a nivel de la ciencia y las mujeres han entrado en los estudios, pero por desgracia esto no quiere decir que en la práctica clínica se vea reflejado.
Aun así, ¡cada paso cuenta!